La vida para mi es: como el Periférico, ¡amo conducir! o lo que es lo mismo… cuando el minimalismo ya no es opcional.

Posted on 17 septiembre, 2012

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¿Qué es lo peor que le puede suceder a alguien que ame conducir?, pues evidentemente no tener vehículo para conducir, peor aún, que su propio vehículo se le haya desvielado y no lo pueda conducir.

Pues sí, a mi me pasó y ha sido una triste, dolorosa, terrible, espantosa, increíble, aturdidora, devastadora, etcétera, etcétera, historia.

Y como en el periférico, en la vida, suceden accidentes y no podría haber resultado más oportuno este accidente en nuestras vidas justo cuando en ambas situaciones literal y metafóricamente estamos desconchinflados, de plano ya ni para atrás ni para adelante. Aquel día, la grúa era indispensable, ¡ah! pero por no quererla ocupar y querer llegar a fuerza a nuestro destino solitos, sintiéndonos súper héroes… pues aquí estamos, con la cola entre las patas y sin poder decir, lo acepto, me equivoqué y necesito ayuda.

La parálisis en todos los sentidos se ha apoderado de nosotros, primero obviamente el sentimiento de negación, de evidentemente esto no puede estar pasando, sin coche no podemos vivir, la vida se acaba… pero no, pudimos seguir viviendo y la vida no se acabó, tuvo continuación y esta fue ahora en el transporte público, lo cual quiere decir, que ya somos todos unos expertos en metro, metrobus, rtp, micros, taxis y ecobicis, por cierto, a qué bonito ésto último, la verdad es que he disfrutado muchísimo los paseos en ellas, en verdad la vida pedaleando se vuelve y se ve diferente.

Pareciera mentira, pero todo esto que les platico sucedió a mediados de marzo, ¡sí, marzo!… estamos justo a mediados de septiembre. Seis meses de vivir en esta situación.

Desde hace ya un buen ratito, ando metida y súper interesada en el minimalismo, como un estilo de vida. Vivir con menos es ¡la neta! El proceso en realidad ha sido sencillo, porque me he dado cuenta que para mi, en muchos objetos el apego no ha sido tan grande y obviamente deshacerse de algo a lo cual no estás tan aferrado es fácil. Pero, ¿qué pasa cuando el objeto en cuestión en verdad te es tan significativo de todo a todo?, esfuerzo para conseguirlo, ya sea monetario, laboral o incluso el rollo sentimental, ahí no es fácil ¿verdad? Pues justo eso me está pasando con mi coche, sé que no es vital para seguir en el camino (la vida me lo ha puesto más que claro), pero para mi que soñé desde que tengo uso de razón con el momento de tenerlo, bueno… en verdad ha sido todo un drama.

Por cuestiones de nuestro trabajo actual y sin que parezca justificación (de alguna manera siempre lo había sabido), ahora más que nunca me doy cuenta de lo útil y funcional que nos resulta tener el coche; con eso de que tenemos que llevar y traer un montón de cosas, el asunto se complica en el metro o en los camiones, por ejemplo ahora ya tenemos que definir los días de taxi y los días de estilo pípila y los días de mochilita light. Creánme que si siguiera teniendo un trabajo de oficina y no hubiera que cargar tanta cosa, yo feliz de solo transportarme en bici o en cualquier otra cosa… pero no, por ahora no es así.

En resumen, extraño mucho mi coche, ya me di cuenta que puedo vivir sin el, que hay mil y un maneras de poder transladarse… pero lo extraño muchísimo porque ¡amo conducir!

Por si fuera poco, la mañana del 16 de septiembre, perdí mi sudadera favorita, favorita del verbo ¡la usaba prácticamente todos los días! No sé cómo no me dí cuenta, pero al transbordar en el metro venía tan adormilada, que seguramente nos paramos, se me resbaló y hasta que ya estábamos afuera ¡me percaté de que ya no estaba conmigo! La verdad es que poniendo las cosas en perspectiva, no debiera ser gran cosa, aceptación y desapego y ¡listo! Pero no, de verdad hasta me dieron ganas de llorar; ven lo que les digo… es fácil ser minimalista y deshacerse de un montón de cosas y hasta de situaciones, que de alguna u otra forma no nos importan tanto, que prácticamente nos da igual si están o no están, al contrario, cuando nos deshacemos de ellas hasta sentimos un gran alivio. Pero cuando son cosas o situaciones que en verdad nos gustan, las queremos, las disfrutamos, nos son de utilidad, ¡no es lo mismo!, el apego es tan fuerte que el sentimiento de separación se vuelve sufrimiento… pero como bien dirían mis amigos budistas, ahí esta el meollo del asunto, cuando en verdad estemos preparados para dejar ir y saber que todo, pero tooooodo en la vida es impermanente, la cosa cambia, el sufrimiento desaparece.

Por lo pronto sigo haciéndome el ‘coco-wash’ de mi sudadera y de mi amado coche; evidentemente la sudadera ya tiene otro destino, otros brazitos a los cuales tapar (¡ay, era tan padre!, con su gorrita, hasta reversible y toda la cosa, snif, snif), pero estoy segura que a alguien más hará feliz… aceptación y desapego, aceptación y desapego… (y que el destino me mandará otra más padre ‘ñaca, ñaca’, perdón, perdón por el pensamiento perverso, no lo pude evitar, ja, ja). En cambio mi cochecito sigue en el taller esperándonos a que vayamos por él, así que en eso sí todavía tenemos esperanzas, a sacudirse el drama y mejor a juntar el cochinito y no hacer como que no pasa nada. Porque ¿saben una cosa? ¡Amo conducir y lo extraño tanto!

Perdón por la catársis, pero a poco ¿no les ha pasado?

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