El paradigma de la concha de vainilla y ¡¿los machos?!

Posted on 25 octubre, 2012

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Pues sí, heme aquí hablando de paradigmas y cosas con las cuales nosotros pensamos que son la neta del planeta o la true de la true… y pues resultan que ni lo uno ni lo otro.

Yo crecí pensando que las mejores conchas eran las de chocolate, ¿porqué?… porque como muchas cosas en la vida ‘mi mamá me dijo’ (o más bien lo decía en general y yo pensaba que sólo me lo decía a mi, yo el centro del universo), que esas eran las que sabían mejor, y que si estaban ligeramente quemaditas ¡uff! Así, que yo crecí toda mi vida, creyendo ciegamente en esa observación… cuando yo iba a la panadería, por default descartaba las blancas paliduchas descoloridas e insaboras conchas de vainilla y obviamente elegía las conchas de chocolate y ¡adivinaron! siempre buscaba las más quemaditas, porque obviamente eran las ¡más ricas!

Yo crecí pensando que las mejores mascotas eran las del género femenino, que no había animalito más fiel, leal y cariñoso, que las hembras. Sí, decían, las hembras son cariñosas, tiernas, limpias, educadas, ¡toda una monura!… en cambio los machos, ni pensarlo, para empezar son ¡muy sucios!, ni se diga si son gatos, se la pasan marcando su territorio, son uraños, indiferentes y cero lindos. En fin. Así, que yo crecí toda mi vida, creyendo ciegamente en esa observación… cuando tuvimos la oportunidad de tener una mascota, siempre pero siempre fueron hembras, ¡lo juro! yo creo que hasta los gusanitos de las macetas eran hembras, un total y absoluto matriarcado, una total y absoluta discriminación por género. Nuestra perra San Bernardo Frisa, nuestra gatita llamada Tito, que siempre la tratamos como ¡¿macho?! (pero era hembra), una perrita rescatada por mi mamá, de nombre ‘la Mamá’ y cuando tuvo cachorritos, inmediatamente nos deshicimos de ¿quién creen?, ¡pues obviamente de los machos! y nos quedamos sólo con una cuyo nombre es ‘la Hija’ (sí, así se llaman no es broma)… cuando nos casamos y decidimos adoptar a nuestro primer par de peluditos, evidentemente fueron dos ¡hembras! Fiona y Lana.

Mi esposito el bien amado, ama los bizcochitos y le es prácticamente imposible tomar su café de la tarde sin uno de ellos y para la noche se toma su chocolatito frío antes de dormir, ¡pues con un bizcochito! La vida le premió su gran gusto por los bizcochitos, con una panadería prácticamente al lado de dónde actualmente trabajamos. Es evidente el decirles, que prácticamente todas las tardes va por su bizcochito, los dos de la tarde (ah sí, porque uno no le es suficiente) y el de la noche. Siempre dice que le va a variar y que va a probar todos y cada uno de los modelitos disponibles de bizcochitos que hay en la panedería (aunque a decir verdad, siempre termina con los mismos, los más masuditos son sus favoritos) ¡menos las galletas con chochitos! Un día dijo: “Hoy me comeré una dona azucarada con una concha -¿de chocolate?, ¡nooo!-, de vainilla”. En fin, son sus bizcochitos, el se pierde las suculentas conchas de chocolate quemaditas (¡qué bárbaro, no sabe de bizcochitos!).  Llegó con sus panecillos, se dispuso a comérselos y en cuanto iba a probar la concha, le dije: “A ver mi amorcito, déjame probarla”… y “OMG! ¡Oh cielos! ¡Válgame! ¡No manches está buenísima, quiero una!” dije ¡¿yo?!

Así que después de haber probado esa riquísima concha de vainilla, de inmediato me lancé por una a la panadería y ¿saben? desde hoy son ¡mis favoritas!

Cuando se murió Lana (historia terrible y desgarradora en la vida de SA&TO), decidimos que Fiona no se podía quedar solita, que siempre habían estado juntas y que era necesario encontrarle una nueva compañera. El destino, la vida o la falta de chocolate (¡ay no perdón!, esa es la otra historia ¿no?), era para ver si estaban atentos. Va de nuez, el destino, la vida o la falta de una gatita, nos hizo llegar a un gatito, ¡sí macho! de nombre Pokemón. De entrada estábamos tan shockeados por la pérdida de Lana, que aceptamos a Pokemón, un gatito súper demandante (ideal para ser hijo único), que no hizo para nada química con Fiona, (¿ven porqué no es bueno tener mascotas machos?), entonces decidimos adoptar a su inseparable amiga callejera Matisse, claro, que por ser hembra tenía que ser linda (la cual nos salió más arisca que nada), para ver si así se hacía equilibrio y Fiona agarraba la onda, nos llenamos de paciencia, pensamos que era normal (lo de la no química) y que tenían que adaptarse… Mientras tanto (entre la llegada de Poke y Matisse) llegó a la cafetería un gatito que rescató uno de nuestros hijos putativos de un árbol, otro ¡gatito!, otro ¡macho!, de entrada por ser bebé pues era una monada, por sus colores y por haber llegado al mundo del café lo bautizamos como Latté.  Él si hizo química con Fiona, era al único que dejaba que se le acercara, hizo química con Pokemón porque aunque el quería estar sólo con los humanos, como buen chiquillo a el no le importaba, sólo quería estarle haciendo travesuras, hizo química con Matisse, que aunque estaba de neuras a el no le importaba, literalmente no sabía del miedo y del ataque con uñas afuera, él, sí él, solamente quería jugar.

A los pocos días Pokemón y Matisse le hicieron una emboscada a Fiona con charquito de sangre y toda la cosa, la atraparon en uno de los poquísimos momentos que salió de la que se había convertido en su guarida permanente (la transportadora)… así que sin pensarlo, decidimos buscarle un nuevo hogar a Pokemón y a Matisse. Ahora felizmente viven en una casita rodeada de otros hermanitos y mucho amor, así que tampoco fuímos tan desgraciados de echarlos no más a la calle. Fiona finalmente fue feliz al quedarse solamente con el pequeño y travieso Latté.

Meses después apareció en nuestras vidas una mini, mini bebe gatito, Federica, bueno Fede… pero en realidad esa es otra larga historia, por el momento lo que les puedo decir es que Latté tuvo una cucharada de su propio chocolate, ahora tenía quien le diera lata y no lo dejara dormir. Así pasaron otros meses y éramos una familia feliz de dos humanos y 3 felinos (dos hembras y ¡un macho!) y ¡qué macho!, nos salió súper lindo, ¡súper limpio!, súper querendón, súper pachón, ¡ama a su padre!, solo quiere estar encima de él (a veces nos preguntamos ¿no será gay?, je)… definitivamente poco a poco iba comprobando de que aquello de los machos solamente era una leyenda urbana.

Después de otros meses, me acordé, ja, ja, como si fuera así de fácil nada más, me acordé que yo siempre había querido un gato naranja, y pues así sin pensarlo abrí el portal de adopciones, y pues ahí estaba un gatito bebe y ¡naranja! pero… era ¡macho!, bueno Latté había sido una excepción, además de que seguramente es gay, pero ¿tener dos machos?… en fin, el deseo por el gatito naranja superó el miedo a tener una mascota macho, fuimos por él, hicimos de inmediato química, lo llevamos a la casa, aguantó como los ¡machos! la bienvenida poco amable de Fiona y Latté, y ni qué decir de Fede (la bebé de la familia) completamente indignadísima, pero ni modo ahí estaba y todos teníamos que acoplarnos… afortunadamente resultó un gatito con una sangre tan ligera y liviana, tan pero ¡tan bonito!, cariñosito, ronroneador, juguetón, platicador, lindo hasta decir basta, que no tardó demasiado tiempo en conquistar a todos, incluso a la fresita de Fede.

Después de haber compartido momentos tan increíbles con éste par de machitos, les puedo decir, afirmar y confirmar que ¡amo a los machos!, incluso hasta el demandante Pokemón, los tres han sido gatitos increíbles, súper juguetones, súper limpios,  y que sí, lo que yo pensaba eran sólo leyendas urbanas y mitos.

Respecto a las conchas (porque también estábamos hablando de conchas ¿se acuerdan?), no me va a suceder lo mismo que a mi mamá, ser obsesiva por las de vainilla y generar fatalidades sobre las de chocolate, ¡no!  Aunque ahora que lo escribo, no es que mi mamá lo haya sido con las de vainilla, simplemente a ella siempre le gustaron más las de chocolate y el error fue de mi parte al haber asumido lo contrario. La verdad es que hay gustos para todos y para todos los momentos, sin embargo al obstinarse con algo, o creer ciegamente, sin comprobar siquiera un día si en verdad es nuestro propio gusto, nos puede privar de cosas muy ricas o experiencias increíbles, como en éste caso a mi me pasó.

Hoy el paradigma de que las conchas de vainilla y las mascotas macho ¡para nada!, pues ¡para nada van conmigo! Me encantan las conchas de vainilla (y no le hago el feo a las de chocolate) y amo a nuestros increíbles Latte y Luka (y obviamente no podría ser lo mismo sin la reinita mayor Fiona y la princess Fede), ven cómo todo es posible.

Como dirían mis amigos budistas, lo mejor siempre será el equilibrio, el camino de en medio, ‘ni tanto que queme al santo ni tanto que no lo alumbre’ (bueno creo que eso no lo dicen los budistas, je)… pero ¿la idea es esa no?

Por lo pronto yo me lanzaré por una concha de vainilla que ya se me súper antojó, me dejaré apapachar por nuestros amorosos y pachoncitos peludos y sobre todo seguiré en  la búsqueda de más paradigmas que romper, de hacerlos pomada, ¡de hacerlos pedazos! ¿Se animan?

Tan, tan, ¡se acabó! y no hubo nada de running ¡eh!, ja, ja, ja.

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